La búsqueda del furgón
Después de tomar la decisión de construir, todo se volvió práctico: había que encontrar la base.
La búsqueda me llevó dos meses y medio.
Al principio solo miraba Fiat Ducato. Me parecía la opción más lógica. Pero casi no había unidades que encajaran. O el precio no correspondía al estado, o el kilometraje era demasiado alto, o la historia del vehículo generaba dudas.
Un par de semanas después amplié la búsqueda y empecé a mirar también Citroën, Peugeot y otras opciones. La mayoría eran furgones de trabajo con un pasado duro: abolladuras en los laterales, paneles desgastados, marcas de herramientas en el interior, un habitáculo claramente castigado. Se notaba que habían trabajado mucho.
Hacia el final del segundo mes apareció un anuncio en Sevilla, a unos 550 kilómetros de donde yo vivía. Llamamos, hablamos de los detalles y acordamos vernos.
Fui con un amigo en su coche.
En persona, el furgón no era perfecto. La carrocería tenía arañazos y marcas de uso. No era un vehículo “bonito”. Pero mecánicamente estaba bien cuidado. Y en ese momento entendí que era una base con la que podía empezar.
Firmamos los papeles.
De regreso ya conducía mi propio furgón. Me sorprendió lo ágil que era y lo fácil que se manejaba, casi como un coche normal. Eso me dio cierta tranquilidad.
Por la noche, después del viaje, lo aparqué en el patio y me senté frente a él.
Un volumen vacío de metal.
Y por primera vez pensé de verdad: ¿en qué me he metido?
En ese momento entendí que nada sería tan sencillo como parecía en los videos. Delante de mí no había un proceso bonito y resumido en pocos minutos, sino trabajo real: metal, cableado, aislamiento, errores, correcciones.
Sabía que había mucho por hacer. Y seguramente muchas dificultades.
Pero también había otra sensación: interés.
Ahora todo era real.
Y desde ese momento, la construcción dejó de ser una idea.