...

La construcción por fin comenzó

Cuando la construcción por fin comenzó

Después de comprar el furgón, tenía la sensación de que lo más difícil ya había pasado. Ahora solo quedaba empezar la construcción.

El primer día se lo enseñé a mis hijos. Ellos todavía no lo habían visto. Juntos empezamos a desmontar todo lo que quedaba del antiguo vehículo de trabajo: quitamos los paneles de plástico, desmontamos los soportes de las puertas y retiramos todo lo que ya no hacía falta.

Después barrimos el interior, lo aspiramos, limpiamos toda la chapa y desengrasamos completamente la carrocería. Solo entonces podía empezar el verdadero trabajo.

Desde fuera parecía algo sencillo.

En realidad, casi todo lo que iba a hacer durante los siguientes meses era completamente nuevo para mí.

Al día siguiente empecé a marcar las ventanas.

Fue entonces cuando entendí que transformar una autocaravana no tenía nada que ver con construir una casa.

En una casa todo es fácil: tienes paredes rectas, un nivel y una cinta métrica.

Aquí era completamente diferente.

Las ventanas tenían las esquinas redondeadas, había que respetar el borde de montaje, la forma de la carrocería y comprobar cada medida varias veces.

Cogí el nivel y empecé a marcar las ventanas como había hecho siempre en mis proyectos anteriores.

Pero ocurrió algo muy extraño.

Según el nivel, todo estaba perfecto.

Sin embargo, a simple vista las marcas parecían torcidas.

Volví a medir una y otra vez sin entender dónde estaba el error.

Hasta que de repente me di cuenta.

Estaba trabajando en la calle, en un aparcamiento junto a casa. El suelo tenía una ligera pendiente y el furgón también estaba inclinado.

El problema no era la medición.

Era el terreno.

Dejé de utilizar el nivel como referencia y empecé a medir todas las distancias tomando como guía los nervios originales de la carrocería.

Solo entonces conseguí una plantilla correcta.

Después llegó el momento que más miedo me daba.

Cogí la radial.

Y me vino un pensamiento muy sencillo.

Tenía cuarenta y seis años.

Había construido una casa.

Había hecho muchas reformas.

Había trabajado con madera, electricidad y fontanería.

Pero nunca había cortado la carrocería de un vehículo.

Ni siquiera había imaginado que algún día tendría que abrir un agujero en mi propio furgón.

Un error podía costarme muy caro.

Bastaban unos pocos milímetros para estropear toda la chapa.

Durante unos segundos me quedé inmóvil, mirando las marcas.

Después hice el primer corte.

El metal se cortó mucho más fácilmente de lo que esperaba.

Pero al presentar la ventana descubrí que todavía tenía que corregir algunos milímetros. Limé los bordes con cuidado, eliminé las pequeñas imperfecciones y volví a colocar la ventana.

Esta vez encajó perfectamente.

Sin holguras.

Sin deformaciones.

Creo que fue uno de los momentos más felices de toda la construcción.

Sentí un alivio enorme.

Y una alegría casi infantil.

La primera ventana estaba instalada.

El paso que más miedo me daba ya había quedado atrás.

A partir de ahí todo empezó a fluir con mucha más tranquilidad.

Después llegaron las demás ventanas y, más tarde, las claraboyas del techo.

Pero entonces apareció otra preocupación.

Ya no era cortar la chapa.

Era conseguir que todo quedara perfectamente sellado y que nunca entrara agua cuando lloviera.

Por eso no escatimé con el sellador.

Sellé todas las uniones con mucho cuidado, revisé cada detalle varias veces y esperé al primer día de lluvia.

No entró ni una sola gota.

Fue otro gran alivio.

Entonces recordé que, cuando veía otras autocaravanas, siempre me hacía la misma pregunta:

«¿Cómo serán capaces de instalar las ventanas y las claraboyas?»

Siempre me había parecido algo extremadamente complicado.

Con el tiempo entendí que lo más difícil no era cortar la chapa.

Lo más difícil era atreverse a hacer el primer corte.

Después, junto con mis hijos, aislamos completamente el furgón. Compramos unos rodillos especiales para prensar el aislamiento y, cuando terminamos, empezamos a construir el suelo.

Fui a Leroy Merlin, compré los tableros, los corté a medida y los coloqué sobre el aislamiento.

Fue entonces cuando ocurrió otro pequeño cambio.

Hacía solo unos días delante de mí había un simple furgón de trabajo.

Ahora ya tenía ventanas, claraboyas, aislamiento y un suelo de verdad.

Cada vez que entraba en él dejaba de ver un vehículo vacío.

Aquella sensación me recordaba mucho a la construcción de una casa.

Primero solo existen paredes desnudas.

Después aparecen las ventanas, el suelo, las paredes terminadas… y de repente sientes que ya falta muy poco para verla terminada.

Con la autocaravana ocurrió exactamente lo mismo.

En aquel momento todavía no era consciente de todo el trabajo que quedaba por delante.

No sabía cuántas horas dedicaría al mobiliario, la instalación eléctrica, el agua y decenas de pequeños detalles en los que todavía ni siquiera pensaba.

Tampoco imaginaba que más adelante tendría que replantearme muchas decisiones.

Por ejemplo, diseñé el interior exactamente como lo veía en YouTube. Construí muchos cajones y pequeños armarios porque casi todos repetían que nunca sobra espacio de almacenamiento.

Solo años después, cuando nació LSR365 (Libertad Sobre Ruedas), comprendí que una autocaravana para vivir en ella y una autocaravana destinada al alquiler son dos conceptos completamente diferentes.

Pero en aquel momento todavía no tenía esa experiencia.

Simplemente estaba construyendo la autocaravana que imaginaba en mi cabeza.

Miré el furgón una vez más y pensé:

«Poco a poco estaba naciendo mi primera autocaravana.»

En el siguiente capítulo cuento cómo afronté el diseño del mobiliario y los primeros errores que cometí al construir el interior, errores que años después terminarían ayudándome a crear mejores autocaravanas para LSR365 (Libertad Sobre Ruedas).

Si has llegado directamente a este capítulo desde Google o desde un buscador con inteligencia artificial, puedes empezar desde la historia completa de cómo nació LSR365 y seguir toda la evolución del proyecto desde el principio.

Te llamamos